Warhammer

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Clasificación y Resultados

domingo, 3 de mayo de 2015

Torneo Warhammer. Día 6

Falkreath obsevaba la batalla atónito. El asalto había sido un rotundo fracaso, mirara donde mirara su plan se venía abajo, por un lado, la caballería se estampaba infructuosamente contra el muro de guerreros saurios una y otra vez, los proyectiles rebotaban en durísimas escamas, produciendo exiguas bajas, más en eslizones, que apenas interesaban al capitán del arca, ya que no valían mucho oro como esclavos, y que apenas se notaban en la batalla. Además aquella bestia cornuda pisoteaba y arrollaba a sus arqueros como si fueran juguetes, llevándose por delante todo su plan, haciendo que más pareciera una horda de patéticos roblones, que una incursión de corsarios elfos.
Apretó la mandíbula, rechinando los dientes de pura rabia, demasiadas bajas para tan poco premio. Levantó su ballesta y disparó un último virote, que atravesó la cabeza de un jinete de gélido, antes de tirar de las riendas de su caballo para dar media vuelta y volver hacia su arca atracada cerca de la orilla. Solamente esperaba encontrar algún solitario barco comercial, de camino a Naggaroth, cuyo botín pudiera aplacar la rabia de su señor.
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Teko-teko ordenó que acelerara la marcha al contingente que él comandaba, para atravesar la espesura lo más rápidamente posible. Sus exploradores eslizones le informaban de la presencia de ejercitos en la zona y aquello no podía significar otra cosa, alguien mas conocía la existencia del artefacto de los ancestrales y pretendían apoderarse de él. Después del encuentro con los piratas elfos nada más llegar a la isla, aquello significaba más contratiempos y dificultades para llevar a cabo la misión. Al chamán le costaba entender el interés tan grande que había creado el artefacto, tantas razas intentando hacerse con él no podía ser casualidad, sería demasiada de golpe.
¿Y si aquel objeto ancestral era algo más de lo que el maestro Slann le había informado?
Ordenó a los eslizones que empezaran a hostigar a los intrusos, era vital llegar a la montaña antes que nadie, el artefacto no podía caer en manos ajenas. El tiempo se acababa.
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-¡Que nadie se retire ni un sólo paso. Al que huya será juzgado por deserción!-aulló Marcus a sus tropas, para remarcar su orden desenvainó su espada para que todos los soldados vieran sus brillo- ¡Y por Sigmar que yo mismo le ejecutaré!
Sus hombres empezaban a temer adentrarse demasiado en el bosque, decían que demonios azules los esperaban para hacerlos caer en trampas, ya habían caído varios exploradores, desaparecidos o envenenados por diminutos proyectiles. Pero estaban tan cerca de lo montaña, tan cerca del núcleo del mal que invadía la isla... odiaba ver esa cobardía en sus hombres, como si no recordarán a que habían venido, ni que en toda guerra morían soldados, ya fueran atravesados por un agudo acero, o asesinados por un enemigo escondido entre matorrales. Sabía que estaba ya cerca de su objetivo... no dejaría que ningún demonio, fuera rojo, azul, tuviera las orejas picudas o no, se interpusiera en su camino. Rugió y, aún con la espada alzada cargó al enemigo invisible.