Warhammer

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Clasificación y Resultados

sábado, 18 de abril de 2015

Torneo Warhammer. Día 5

Los enanos avanzaban por el bosque con precaución, tras vencer a los orcos, se habían adentrado en la espesura de la isla y, ahora, los exploradores habían informado a Henrik de que habían avistado un reguero de cadáveres skaven, esparcidos hasta llegar a la entrada de la cueva donde se dirigían. Aquello no presagiaba nada bueno, siempre que los hombres rata se inmiscuían nunca indicaba nada bueno.
-¡Atentos soldados, en formación!- rugió el señor enano, para que su poderosa voz se hiciera escuchar por todos los enanos.- entraremos en esa cueva y echaremos de ahí lo que sea que se esconda.
Esperaba contar con las fuerzas suficientes para otra batalla, cuando salieron de su karaz no esperaba encontrar tanta hostilidad en la isla ni tardar tanto en llegar a su objetivo, a cada momento que pasaba le gustaba menos aquella misión.
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-Mi señor, enanos infieles avanzan hacia la cueva-informaba el necrofago, inclinándose todo lo posible, hablando con un tono servicial y sometido- pero parece que aun no se han percatado de nuestra presencia...-añadió como aclaración final, esperando que con aquello bastara para que el vampiro controlase su furia.
Reaccionó como la criatura imaginaba, Stephan se volvió, como una centella, mostrando sus colmillos en un gesto amenazante. En esos momentos detestaba toda compañía y cualquier interrupción a sus pensamientos de rencor y malestar le irritaba profundamente.
-Son enanos, siempre se huelen algo los malditos.- gruño entre dientes, a modo de recriminación.- ¡Dioses!¿No van a dejarme ni un momento de paz? El necrófago se encogió aún mas, esperando ordenes y deseando no acabar descuartizado, no sería el primero en acabar así durante el viaje.
-¡Vamos, inútil, tomad posiciones! Acabad con cualquiera que se atreva a poner un pie, que no quede nadie con vida. Si tengo que intervenir os mataré a todos. No me molestéis mas.
El vampiro le dio la espalda sin esperar respuesta y, a paso acelerado, fue adentrándose en la cueva, seguido de su capa ondeando tras de si. Aun así, tubo tiempo de dedicarle una mirada asesina a a nigromante, el cual solo reaccionó con un asentimiento de cabeza. El deseo de Stephan era unicamente acabar con esa sensación de perpetuo desasosiego.

Torneo Warhammer. Día 4

-Las cargas están preparadas, oh magnificencia- un pequeño esclavo skaven se inclinó frente al ingeniero brujo Hiik, manteniendo un pequeño aparato en las manos, ofreciendoselo, el cual se lo arrebató con violencia.
-Por fin, no quiero estar mas tiempo aquí por culpa de tus errores.
-¡Era la dirección correcta, tu me indicaste mal-mal!- respondió Ikit, enseñándole sus amarillentos colmillos, enfurecido.
-¡Y tus guerreros son los que se han dejado matar por esas....cosas-cosas! ¡Ni eso saben diferenciar tus esclavos! Cosas-hombre dijo...
-¡Me han traicionado indudablemente! ¡Me han dado guerreros sin entrenar-luchar, incapaces!
-Oh, grandiosidades de enorme intelecto. Esas cosas están a punto de entrar en el túnel, los soldados no podrán...- decía el esclavo, pero antes de que terminara la frase Hiik apretó el botón del aparato y la boca del túnel se derrumbó por completo, haciendo que el, ahora oscuro, pasadizo temblara peligrosamente.- Aun habían soldados skaven en el otro lado de...
-¡Calla-calla, estúpido-tonto!- exclamó el ingeniero brujo, lanzando el aparato a la cabeza del esclavo, que ya corría para huir de su furia.- ¡Estaban aquí para protegerme-salvarme!
-Protegernos- le corrigió el caudillo skaven- y vas a ser tu ahora quien explique tu fracaso al consejo de sabios.
-Nuestro-nuestro fracaso- chilló Hiik, erizando el pelaje, a punto de exhalar el almizcle del miedo hasta dejar sus glándulas secas. De repente calló y sonrió con malvada satisfacción.- ¿Chiit, no querías ser famoso, hermanito?
- No, Chiit solo hambre-comida.- el skaven sonrió a la pequeña rata que siempre acariciaba sobre sus brazos, la cogió con dos dedos de la cola y la levantó por encima de su boca, hasta dejarla caer, chillando frenética, directamente en su garganta.
-Entonces hablarás tu, yo no tengo la culpa de que no sepas contar, Ikit.-volvió a insistir Hiik, enfureciéndose de nuevo.
Los tres hermanos se adentraban en el túnel discutiendo cada vez mas acaloradamente, rodeados de una marea de skavens que intentaban poner espacio de por medio para evitar ser el blanco de sus iras.
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Había enanos por todos lados, montones de tapones, por mucho que Gloftang matase y matase seguían apareciendo mas para remplazar a los caídos. Aun así el orco se lo estaba pasando como nunca, golpeaba a diestra y siniestra con sus dos rebanadoras, dejando estelas de sangre tras sus armas, riendo y rugiendo sin prestar atención a nada mas, ni siquiera el echo de que sus muchachoz apenas aguantaban el tipo y él era el único que avanzaba, pero no importaba, tanta inactividad durante tanto tiempo era compensada ahora con esta enorme pelea para sus orcos. De repente vio a un enano con un hacha que brillaba especialmente cada vez que mataba a uno de sus chicos. Animado, aun mas si cabe, siguió avanzando con la idea de hacerse con esa bonita arma para su colección y ningún enano era capaz de frenarlo, de modo que el kaudillo se aislaba cada vez mas. Pero nada importaba, llegaría hasta su arma y se la quitaría de sus manos muertas. Rugió de nuevo y esta vez el señor enano le vio y, para placer suyo, ordenaba que le dejasen paso hasta él. Como saludo al duelo descargo un poderoso golpe hacia su cabeza que detuvo con el mango del hacha, sin dejarle respirar se dedico sistemáticamente a golpear con ambas rebanadoras con la intención de que se viniera abajo por pura fuerza. El enano apenas podía evitar algún golpe y simplemente los detenía estoicamente, sin poder abrir una brecha en su defensa para atacar. Gloftang reía enloquecido, fijo, con ojos rojos y rabiosos en su rival, avanzando paso a paso con cada ataque, descargo un nuevo golpe con la izquierda hacia el yelmo del enano, que apenas pudo apartar su rival, torpemente con la hoja del hacha. Sintió un dolor lacerante en la muñeca que ignoró, seguía atacando sin sufrir nada mas que esa herida. Finalmente, el enano esquivó, haciéndose a un lado, un golpe que Gloftang descargó un hachazo con el brazo derecho, y atacó con decisión, pero con cierta torpeza, que dio tiempo de sobras al orco para que alzara su brazo izquierdo para detenerlo con su arma, pero, a pesar de eso, el arma descendió, inexorable, hasta hundirse profundamente en el pecho del orco. Gloftang cayó de rodillas, mirando su pecho destrozado y la mano que descansaba en el suelo, frente a él, cercenada de su brazo izquierdo. El enano extrajo el hacha de golpe, haciendo que el orco cayera finalmente de espaldas, pudiendo ver como su ejercito se venia abajo, finalmente con su muerte. Era una lastima, si sus chicos se hubieran comportado como el hubiera sido distinto y ahora su ejercito iba a desaparecer. Con el ultimo aliento fijó la vista al cielo y vio que Gorko le esperaba y que le tenia preparado una batalla eterna. Y Gloftang sonrió.
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Tek-teko fue reclamado ante el anciano Slann Mazdamundi. Hacía tan solo unos minutos que el venerable mago sacerdote había despertado de un letargo que había durado años y ahora, por fin, se comunicaba con sus siervos, así era como el chaman eslizón había escuchado su llamada directamente desde el interior de su mente. La conversación duro poco, lo suficiente como para que, un cansado Mazdamundi, le contara la situación y la misión que debía llevar a cabo. Aunque dormido, el Slann había estado trabajando, buscando incansablemente con sus poderes de videncia un artefacto de los ancestrales, que se había perdido hacía siglos, especialmente poderoso. Por ese motivo había despertado y consumido una enorme cantidad de energía para sacudir la tierra entera y hacer emerger del mar el lugar donde se hallaba enterrado el artefacto. Tek-teko ordenó inmediatamente que se llevaran a cabo los preparativos para el viaje por mar y seleccionó personalmente la escolta que le acompañaría. No sabía exactamente que encontraría, pero si el maestro Slann fijaba su atención en eso, sin duda sería algo importante y valioso para la eterna guerra contra el caos. Y si era tal y como pensaba también habrían mas interesados en ello.
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Falkreath Asperax, nervioso, observaba el mar, apoyado sobre la cubierta de arca negra. Aun recordaba como, hacía una semana, se hundía un convoy imperial entero que habían estado persiguiendo durante días, ocultos tras una niebla que creaba la propia nave, esperando el mejor momento para atacar a los barcos escolta que rodeaban a los comerciantes que, a pesar de ser mas, no hubieran podido hacer nada ante la potencia de fuego y de personal de su arca. Pero, para desesperación de su capitán, que vio como se hundía todo el convoy por la tormenta, perdiendo su precioso botín en oro y esclavos. Ni siquiera el saber que habían salido indemnes, gracias a la envergadura del barco y a la pericia de los navegantes elfos, podía consolarlo. Saber que debía volver a Naggaroth con las manos vacías, sin nada que ofrecer a su señor le hacía enfurecer al tiempo que se estremecía. Justo cuando iba a dar la orden de volver a puerto, divisó tres navíos de extraña forma que navegaban por la zona. Rápidamente pidió un catalejo para confirmar sus sospechas, una expedición se hombres lagarto, algo extraño de ver. Aún podría redimirse y conseguir algo sustancioso, los lagartos eran esclavos codiciados y siempre llevaban cantidades ingentes de oro como adornos. Dibujó una ancha sonrisa, afilada y siniestra, al final se alegraría de haber perdido el convoy imperial.

sábado, 11 de abril de 2015

Torneo Warhammer. Día 3

Stephan Von Carstein deambulaba intranquilo por los pasadizos y salones de su castillo, era pasada medianoche y todo se sumía en la tranquilidad del silencio. Sus sirvientes se ocupaban de la limpieza y el mantenimiento del castillo con eficaz diligencia durante el día, para asi dejar la noche para su señor, al que le gustaba el sosiego que ella aportaba, aunque en su interior no se sintiera asi. Hacía días que se encontraba tenso, nervioso al ver cualquier cosa fuera de lugar, incluso había tenido varios encontronazos con sus sirvientes, cada vez mas a menudo, incluso había matado a tres de ellos, y eso era algo que no se podía permitir, si no quería tener una legión de cazadores de brujas llamando a su puerta con antorchas hechas especialmente para él. Debía controlar su bestia interior, últimamente la sentía inquieta, sacudiendose constantemente para liberarse y salir, parecía querer tirar de el, lo que le inquietaba era que a pesar de no saber porque, intuía la dirección que quería tomar.
Durante un tiempo intentó ignorarla y dejar que se calmara como había hechos tantas veces, pero la ansiedad parecía ir a mas, sintiendo como asaltaba su pecho y dejándose llevar en ocasiones, incluso sus propios lacayos le evitaban siempre que podían, aunque en el fondo eso no le incomodaba a Stephan. Sin embargo, aunque fuera extraño en el, sentía cierta congoja a que la bestía pudiera liberarse y tomar el control definitivamente, por lo que, aunque también lo temiera, se dejaría llevar por sus instintos, aunque tuviera que llegar a algun recóndito desierto o hasta alguna isla perdida en el mar con tal de desacerse de esta desazón o, almenos, relajar a la bestia.
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-¡Te dijo que era la octava a la derecha!- dijo entre chilliditos Hiik, el ingeniero brujo, mientras consultaba planos y extraños aparatos.
-¡Y esta es la octava a la derecha!- respondió nervioso Ikit, el caudillo skaven, mientras le enseñaba sus colmillos amarillentos y chasqueaba la cola contra el suelo.
-Pero empezaste a contar desde donde quisiste.- escupió Hiik al hablar, aun mas nervios por momentos.- debería haber sido yo el lider desde el principio, si-si.
-¿Te atreves a revelarte?- Ikit se encaró directamente a el, chocando hocico con hocico, erizando el pelaje negro de su espalda.
-¿Pero eso no es la izquierda? - preguntó un tercer skaven, Chiit, el señor de las bestias, mientras acariciaba una rata que sostenía en brazos y miraba distraido como el túnel, donde se encontraban, subía a lo que parecía ser la superficie.
-¡Calla-calla estupido, si no sabes contar!- respondieron a la vez los otros dos.
Detras de ellos, un nutrido grupo de guerreros skaven esperaban inquietos, chasquendo sus colas y gruñendo o despotricando por lo bajo, mirando como los tres hermanos discutían sin saber hacia donde ir. Los sabios ancianos del consejo les habían encomendado la misión de asaltar un enclave humano cerca de un bosque fronterizo, pero, indudablemente, se habían perdido en la maraña de túneles que componían el mundo subterráneo.
-Apuesto tres hembras de cría a que es esta salida- dijo Ikit, agarrando a un harapiento esclavo skaven y pinchandolo con la espada a que se asomara al exterior.
-¡Cuatro, si-si, que sean cuatro!- respondió Hiik.
-Hummmm hembras de cría.- murmuró.Chiit, relamiendose.
-Parece un campamento de cosas-hombre.- susurró el esclavo skaven.-Parece dormidos, si-si
-Perfecto, esos estúpidos no se lo esperan.- chilló Ikit, excitado. Inmediatamente empezó a dar órdenes a sus aguerridos soldados para que empezaran a salir a matar humanos mientras el ocupaba el lugar de honor, en la retaguardia.

jueves, 9 de abril de 2015

Torneo Warhammer. Día 2

Henrik Starksson observaba, sentado en su trono, como el mercader enano abandonaba la estancia y un guardia cerraba la puerta, el retumbar de su eco reverberó por todo el salón de hierro. El señor enano se recostó, apoyandose sobre su puño meditando sobre lo que había escuchado. ¿Una isla que emergía del mar, con una montaña que, muy probablemente, guardaría un enorme tesoro en oro o mithril? Si lo hubiera escuchado de un humano o un elfo o algo así lo habría expulsado de su mina sin contemplaciones, pero confiaba en aquel enano y, además, el interés que parecía tener el Imperio en ese asunto...
-Deberíamos plantearnoslo.
Escuchó la voz de su hermano pequeño Garaghrim, de pie a su lado. Quizá tenía razón, como solía pasar siempre. A pesar de ser el pequeño siempre había destacado por su templanza y su intelecto. Trabajando duramente durante años llegó a ser un importante herrero rúnico, muchas de las armaduras de su guardia personal eran obra suya. Por esa razón actuaba de consejero para el.
-Es arriesgado, no disponemos de muchos recursos.
-Lo es, pero merece la pena. Y si, tenemos recursos para llevarlo a cabo, almenos por ahora.
Le sorpredía que aún fuera así. Su clan llevaba mucho tiempo con lo que muchos decían contantes golpes de mala suerte, hornos que habían estado encendidos durante siglos no calentaban lo suficiente, materiales quebradizos, vetas de minerales que se agotaban repentinamente, deudas a otros clanes que se acumulaban hasta cifras que ya ni recordaba, constantes ataques de orcos... Aunque estos últimos se contentaban en atacar caravanas de suministros o comerciales, o algun que otro grupo de exploradores, eran un dolor de cabeza constante. Su raza parecía estar maldita, en una caída inexorable hacia la desparición total.
-Es lo que nos podría salvar hermano. Los humanos no sabrán explotar la mina, nos necesitaran para ello y nos pagarán una fortuna en cuanto lo entiendan.
Garaghrim estaba en lo cierto, podrían montar una colonia minera, y colaborando con los imperiales llegaría a ser un puerto comercial.
-Debe hacerse rápido, no quiero dejar nuestro hogar mucho tiempo con poca protección.
-Funcionará Henrik, alquilaremos un barco de vapor en Varak-Var. Además, los orcos no se atreven a asaltar nuestras puertas, son demasiado resistentes y las defensas demasiado fuertes para ellos.- su hermano sonrió y apretó su hombro con una mano fuerte y firme.
-Debe funcionar.
Henrik suspiró, pero no pudo devolverle la sonrisa.
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Gloftang se levantó de la piedra donde estaba sentado, en una mano llevaba un goblin sujeto por el cuello, que pataleaba y se sacudía nerviosamente. El orco le miró directamente a la cara con unos ojos pequeños, hoscos y brutales, y con la otra mano libre le agarró de los tobillos y estiró con fuerza, con la intención de que se mantuviera lo mas tieso posible, algo en el pequeño cuerpo del pielverde crujió siendo acompañado de un leve gemido. Gloftang echó el brazo con el que sujetaba al goblin por los tobillos hacia atras, tomando un buen impulso, y lo lanzó con fuerza hacia una pared de piedras que se encontraba a unos 30 metros. El goblin describió una trayectoria recta hasta impactar contra la pared, a una velocidad pasmosa, y, al chocar, su cabeza se rompió en un estallido de sangre y trozos de craneo, dejando una enorme mancha roja en la roca, parecida a otras mas pequeñas que había cerca. Inmediatamente, el grupo de orcos que acompañaba al Kaudillo, se alzó vociferando y golpeandose el pecho, por lo visto su jefe había superado el record. Gloftang volvió a sentarse en la roca a esperar su próximo turno, emitiendo un gruñido de descontento. El orco se sentía triste, desde hacía un tiempo su vida se limitaba a esas pequeñas competiciones, sus chicoz y el ya no luchaban contra ejercitos ni peleaban entre ellos, su autoridad ya había quedado mas que clara, asique nadie se atrevía a retarle. En mas de un ocasión había pensado en atacar esa mina enana, pero sabia que no tenía guerreros suficientes, inexplicablemente habían dejado de acudir a su pequeño Waaaaagh, estancandose en poder, parecía que no habían mas pielesverdes en la región. Aunque pensandolo en ese momento, quizá seria mas divertido estamparse contra enanos que esa estupidez que estaban haciendo. Mientras el orco meditaba, con un gesto de profunda concentración, cerrando los ojos con mucha mucha fuerza y apretando los labios, un goblin llegó corriendo hasta el, medio ahogado de cansancio. Gloftang, cuando se percató, lo agarró del cuello pensando que volvía a ser su turno, pero vio que negaba con la cabeza desesperadamente y le hacía gestos para hablar, asi que lo dejó caer a plomo contra el suelo.
-¡Jefe jefe! Loz taponez zalen de zuz cazaz. Muchoz. Hacia el agua.
Tardó unos segundos, pero Gloftang lo entendió, abrió los ojos de par en par y empezó a vociferar ordenes.
-¡Vamoz muchachoz, tenemos retacos para matar! Ya estaiz empezando a correr zi no kereiz ke empieze a romper cabezaz.
Mientras gritaba sacó sus armas y le propinó un puntapié al goblin que lo mandó volando por encima de la pared de piedras. Veía como sus chicos volvían a ser los de siempre, el mismo volvía a sentirse vivo, perseguiría a lo enanos, los machacaría y seguría a por sus siguientes víctimas y ya no pararía, atrayendo a un monton de orcos y formaría un enorme Waaaaagh, aunque tuviera que robar barcos para seguirles, por Gorko que lo haría.

sábado, 4 de abril de 2015

Torneo Warhammer. Dia 1

Un terremoto sacudió la tierra, no con demasiada fuerza como para provocar muchos daños, pero si con la suficiente intensidad para que se notase, extrañamente en todo el mundo. El seísmo hizo temblar temblar ciudades y templos,minas y aldeas orcas, torres élficas y castillos tenebrosos. Toda criatura sintió los efectos de las replicas del terremoto, replicas que también llegaron hasta el Gran Mar, donde un convoy mercante intentaba resistir como podía a los envites de las olas. De repente, como si el terremoto pudiera sacudir hasta los mismos cielos, una terrible tormenta se desencadenó sobre los navíos imperiales. Pero aquella tormenta rugía mas allá de lo que Alfred Von Dhiel, capitán de la Santísima Shallya, esperaba que fuera posible. El agua salada de las olas que se elevaban por encima de los barcos se mezclaba con el incesante torrente de la lluvia, mientras terribles truenos reverberaban a su alrededor, haciendo temblar hasta cada una de las maderas que componían el casco de las naves. Docenas de rayos caían sobre el mar, algunos de ellos, incluso, impactaban en los mástiles, incendiándolos y convirtiendo todo en un infierno. Los marineros se desesperaban y clamaban a los dioses que les perdonase de la ira que estaban desatando, pero muchos eran los que caían por la borda de los barcos, engullidos por las olas, se golpeaban mortalmente con las cajas y cañones que se arrastraban libremente por la cubierta o voluntariamente se lanzaban al agua para escapar de las llamas. Después de lo que pareció una eternidad, Alfred Von Dhiel recobró finalmente el sentido, abrió los ojos, temeroso de lo que podría haber sido de él, y vio el cielo azul, despejado de toda nube. Se incorporó, comprobando que estaba ileso, y observó a su alrededor que, aunque era un absoluto caos, aun se encontraba en su barco, maltrecho y destrozado por varios lugares, pero entero. Habiéndose en parte recuperado se puso en pie y se asomó por la borda, no vio ningún otro barco de su flota, muy probablemente se habrían hundido todos. Pero apenas prestó atención a aquello mientras observaba lo que se extendía frente a él, los marineros supervivientes despertaban y se unían a él en un inquieto temor. Cerca del barco una isla se extendía sobre el mar, con densa vegetación que no permitía ver su verdadero tamaño. Cerca de la costa se podían ver ruinas de antiguos edificios, cuya arquitectura los hombres no eran capaces de reconocer, repletas de enredaderas y plantas cubrían las piedras erosionadas de sus paredes y escasos tejados que restaban en pie. Y justo es en el centro de la isla, un pico coronaba aquel pedazo de tierra en el mar. La montaña era muy alta y brillaba con destellos constantes, sobretodo en la cima donde irradiaba un extraño fulgor. Aquel paisaje, la alta humedad y el silencio absoluto que parecía cubrir la isla inquietó a Alfred. Pasó el resto del día haciendo comprobaciones para asegurarse del lugar donde se encontraban tras la tormenta, finalmente corroboró lo que temía, que aquella isla no aparecía en ningún lugar.
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La Santísima Shallya logró llegar a duras penas al puerto de la capital imperial. Tras atracar, lo primero que Alfred Von Dhiel fue a pedir una audiencia urgente con el emperador Karl Franz. Tras tener que explicar lo sucedido a varios guardias, sirvientes imperiales y ministros, y tras esperar pacientemente, pudo presentarse ante el Emperador. Al poco, los rumores empezaron a extenderse por toda la ciudad, cada habitante tenía su versión y su opinion. Algunos pensaban que no habría sido una tormenta tan fuerte, sino él no estaría vivo y contando esos cuentos, otros se lo creían a ciencia cierta e incluso veían cierta conexión con el terremoto, otros decían que era solo una casualidad, incluso algunos comentaban que el comerciante era consumidor de opio, pero lo que mas se escuchaba por todos los rincones de Altdorf era que la isla era producto de los poderes del caos y los demonios. Uno de los que defendían esa teoría era Markus Drakenhof, primarca de la orden de Segismuno, a sus tan solo treinta y seis años, ferviente defensor de la fe imperial, había jurado combatir al mal allá donde estuviera y extirpar el cáncer del caos de la humanidad. Tras saber de lo ocurrido acudió al Emperador y pidió permiso para organizar una expedición a la isla. Deseaba explorarla y colonizarla para así abastecer al Imperio de los recursos que parecía guardar la montaña, pero su objetivo real era encontrar el mal que había provocado que la isla emergiera del mar y erradicarlo. De modo que formó un pequeño ejercito, donde incluía el cuerpo de élite de la orden, lo embarcó a las naves y viajó hacia la isla.
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En la torre de Alta magia de Hoeth Itherael escudriñaba su orbe de videncia. Hacía unos días que había sentido una pequeña perturbación en las energías mágicas, ademas del evidente terremoto, y quería encontrar el origen de esa variación, aunque sus colegas magos no le dieran importancia en absoluto. Había pasado a sentirse un poco desanimado de tanto buscar sin encontrar. Seguía mirando el orbe casi con inercia cuando, sobrevolando el Gran Mar, topó con una isla que le era desconocida, extrañado decidió dedicarle un poco mas de tiempo. La superficie de la isla, aunque no ernorme, se tenía un tamaño considerable, contenía un pequeño residuo de magia a su alrededor. Intrigado se internó para saber un poco mas. No tardó en percatarse que en la isla no había ningún pájaro, ni ningún mamífero, ni siquiera algún pequeño insecto. Cada vez mas seguro de que todo aquello no era normal prosiguió hacia la montaña que se alzaba, solitaria y poderosa, en el centro de la isla, atraido por la luz que, como un faro coronaba su cima. En el momento en que Itherael iba a posar su mirada sobre el fulgor, sintió una terrible punzada en la cabeza que le hizo perder la concentración momentáneamente y fue expulsado con violencia de la isla. Aterrado por el pequeño atisbo que había sido capaz de entrever, intentó nuevamente entrar, incluso sabiendo que acababa de activar una trampa de magia oscura, pero alrededor de la isla se había levantado un muro invisible que le impedía acercarse. Finalmente desistió, aun sintiéndose afortunado de no haber sufrido daños mentales, al menos a simple vista, pero alarmado por saber estaba en su obligación hacer algo, no podía permitir que aquello que se escondía en la isla pudiera estar al alcance de cualquier ser, ya fuera malvado o simplemente insensato. Llamó a su guardia personal, Andariel, para que preaprase una expedición militar lo mas rápidamente posible. Durante los días que duró el viaje, Itherael intentó volver a acceder a la isla mediante su visión de mago, pero le resultaba imposible. Aquello le frustraba y, cada vez que fallaba, se preocupaba mas. La tripulación, ciudadanos elfos bien instruidos en el combate, lo notaban y se apresuraban a conducir la nave con rapidez hacía la isla. Durante la mañana del cuarto día, Itherael fue llamado a cubierta, estaban aproximándose a tierra y podían observar como, entre las ruinas de la costa, un grupo de hombres había montado un campamento provisional. Aquello eran buenas noticias, pensó el mago, los humanos podrían ayudarles a buscar lo que escondía la montaña, hasta que vio que empezaban a tomar arcabuces y posicionaban su artillería contra los barcos elfos. Una vez mas se sorprendió d ella brutalidad y las cortas mentes de los humanos, codiciosos e idiotas, que obligarían a tomar la playa por la fuerza con tal de protegerles de la isla y de ellos mismos.
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Itherael no podía creer su mala suerte, y también la de su raza, apenas habían puesto los pies en la arena de la isla y su misión ya había fracasado. Habían sido expulsados por el frenesí y la creencia ciega en su bárbara escala de valores. Ahora al mago solo le preocupaba volver a los barcos y proteger todas las valiosas vidas de elfos que pudiera y rezar para que los humanos no encontrasen lo que escondía la isla.