sábado, 4 de abril de 2015
Torneo Warhammer. Dia 1
Un terremoto sacudió la tierra, no con demasiada fuerza como para provocar muchos daños, pero si con la suficiente intensidad para que se notase, extrañamente en todo el mundo. El seísmo hizo temblar temblar ciudades y templos,minas y aldeas orcas, torres élficas y castillos tenebrosos. Toda criatura sintió los efectos de las replicas del terremoto, replicas que también llegaron hasta el Gran Mar, donde un convoy mercante intentaba resistir como podía a los envites de las olas.
De repente, como si el terremoto pudiera sacudir hasta los mismos cielos, una terrible tormenta se desencadenó sobre los navíos imperiales. Pero aquella tormenta rugía mas allá de lo que Alfred Von Dhiel, capitán de la Santísima Shallya, esperaba que fuera posible. El agua salada de las olas que se elevaban por encima de los barcos se mezclaba con el incesante torrente de la lluvia, mientras terribles truenos reverberaban a su alrededor, haciendo temblar hasta cada una de las maderas que componían el casco de las naves. Docenas de rayos caían sobre el mar, algunos de ellos, incluso, impactaban en los mástiles, incendiándolos y convirtiendo todo en un infierno. Los marineros se desesperaban y clamaban a los dioses que les perdonase de la ira que estaban desatando, pero muchos eran los que caían por la borda de los barcos, engullidos por las olas, se golpeaban mortalmente con las cajas y cañones que se arrastraban libremente por la cubierta o voluntariamente se lanzaban al agua para escapar de las llamas.
Después de lo que pareció una eternidad, Alfred Von Dhiel recobró finalmente el sentido, abrió los ojos, temeroso de lo que podría haber sido de él, y vio el cielo azul, despejado de toda nube. Se incorporó, comprobando que estaba ileso, y observó a su alrededor que, aunque era un absoluto caos, aun se encontraba en su barco, maltrecho y destrozado por varios lugares, pero entero. Habiéndose en parte recuperado se puso en pie y se asomó por la borda, no vio ningún otro barco de su flota, muy probablemente se habrían hundido todos. Pero apenas prestó atención a aquello mientras observaba lo que se extendía frente a él, los marineros supervivientes despertaban y se unían a él en un inquieto temor. Cerca del barco una isla se extendía sobre el mar, con densa vegetación que no permitía ver su verdadero tamaño. Cerca de la costa se podían ver ruinas de antiguos edificios, cuya arquitectura los hombres no eran capaces de reconocer, repletas de enredaderas y plantas cubrían las piedras erosionadas de sus paredes y escasos tejados que restaban en pie.
Y justo es en el centro de la isla, un pico coronaba aquel pedazo de tierra en el mar. La montaña era muy alta y brillaba con destellos constantes, sobretodo en la cima donde irradiaba un extraño fulgor. Aquel paisaje, la alta humedad y el silencio absoluto que parecía cubrir la isla inquietó a Alfred. Pasó el resto del día haciendo comprobaciones para asegurarse del lugar donde se encontraban tras la tormenta, finalmente corroboró lo que temía, que aquella isla no aparecía en ningún lugar.
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La Santísima Shallya logró llegar a duras penas al puerto de la capital imperial. Tras atracar, lo primero que Alfred Von Dhiel fue a pedir una audiencia urgente con el emperador Karl Franz. Tras tener que explicar lo sucedido a varios guardias, sirvientes imperiales y ministros, y tras esperar pacientemente, pudo presentarse ante el Emperador. Al poco, los rumores empezaron a extenderse por toda la ciudad, cada habitante tenía su versión y su opinion. Algunos pensaban que no habría sido una tormenta tan fuerte, sino él no estaría vivo y contando esos cuentos, otros se lo creían a ciencia cierta e incluso veían cierta conexión con el terremoto, otros decían que era solo una casualidad, incluso algunos comentaban que el comerciante era consumidor de opio, pero lo que mas se escuchaba por todos los rincones de Altdorf era que la isla era producto de los poderes del caos y los demonios.
Uno de los que defendían esa teoría era Markus Drakenhof, primarca de la orden de Segismuno, a sus tan solo treinta y seis años, ferviente defensor de la fe imperial, había jurado combatir al mal allá donde estuviera y extirpar el cáncer del caos de la humanidad. Tras saber de lo ocurrido acudió al Emperador y pidió permiso para organizar una expedición a la isla. Deseaba explorarla y colonizarla para así abastecer al Imperio de los recursos que parecía guardar la montaña, pero su objetivo real era encontrar el mal que había provocado que la isla emergiera del mar y erradicarlo. De modo que formó un pequeño ejercito, donde incluía el cuerpo de élite de la orden, lo embarcó a las naves y viajó hacia la isla.
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En la torre de Alta magia de Hoeth Itherael escudriñaba su orbe de videncia. Hacía unos días que había sentido una pequeña perturbación en las energías mágicas, ademas del evidente terremoto, y quería encontrar el origen de esa variación, aunque sus colegas magos no le dieran importancia en absoluto. Había pasado a sentirse un poco desanimado de tanto buscar sin encontrar. Seguía mirando el orbe casi con inercia cuando, sobrevolando el Gran Mar, topó con una isla que le era desconocida, extrañado decidió dedicarle un poco mas de tiempo. La superficie de la isla, aunque no ernorme, se tenía un tamaño considerable, contenía un pequeño residuo de magia a su alrededor. Intrigado se internó para saber un poco mas.
No tardó en percatarse que en la isla no había ningún pájaro, ni ningún mamífero, ni siquiera algún pequeño insecto. Cada vez mas seguro de que todo aquello no era normal prosiguió hacia la montaña que se alzaba, solitaria y poderosa, en el centro de la isla, atraido por la luz que, como un faro coronaba su cima. En el momento en que Itherael iba a posar su mirada sobre el fulgor, sintió una terrible punzada en la cabeza que le hizo perder la concentración momentáneamente y fue expulsado con violencia de la isla.
Aterrado por el pequeño atisbo que había sido capaz de entrever, intentó nuevamente entrar, incluso sabiendo que acababa de activar una trampa de magia oscura, pero alrededor de la isla se había levantado un muro invisible que le impedía acercarse. Finalmente desistió, aun sintiéndose afortunado de no haber sufrido daños mentales, al menos a simple vista, pero alarmado por saber estaba en su obligación hacer algo, no podía permitir que aquello que se escondía en la isla pudiera estar al alcance de cualquier ser, ya fuera malvado o simplemente insensato.
Llamó a su guardia personal, Andariel, para que preaprase una expedición militar lo mas rápidamente posible.
Durante los días que duró el viaje, Itherael intentó volver a acceder a la isla mediante su visión de mago, pero le resultaba imposible. Aquello le frustraba y, cada vez que fallaba, se preocupaba mas. La tripulación, ciudadanos elfos bien instruidos en el combate, lo notaban y se apresuraban a conducir la nave con rapidez hacía la isla.
Durante la mañana del cuarto día, Itherael fue llamado a cubierta, estaban aproximándose a tierra y podían observar como, entre las ruinas de la costa, un grupo de hombres había montado un campamento provisional. Aquello eran buenas noticias, pensó el mago, los humanos podrían ayudarles a buscar lo que escondía la montaña, hasta que vio que empezaban a tomar arcabuces y posicionaban su artillería contra los barcos elfos.
Una vez mas se sorprendió d ella brutalidad y las cortas mentes de los humanos, codiciosos e idiotas, que obligarían a tomar la playa por la fuerza con tal de protegerles de la isla y de ellos mismos.
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Itherael no podía creer su mala suerte, y también la de su raza, apenas habían puesto los pies en la arena de la isla y su misión ya había fracasado. Habían sido expulsados por el frenesí y la creencia ciega en su bárbara escala de valores. Ahora al mago solo le preocupaba volver a los barcos y proteger todas las valiosas vidas de elfos que pudiera y rezar para que los humanos no encontrasen lo que escondía la isla.
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