sábado, 18 de abril de 2015
Torneo Warhammer. Día 4
-Las cargas están preparadas, oh magnificencia- un pequeño esclavo skaven se inclinó frente al ingeniero brujo Hiik, manteniendo un pequeño aparato en las manos, ofreciendoselo, el cual se lo arrebató con violencia.
-Por fin, no quiero estar mas tiempo aquí por culpa de tus errores.
-¡Era la dirección correcta, tu me indicaste mal-mal!- respondió Ikit, enseñándole sus amarillentos colmillos, enfurecido.
-¡Y tus guerreros son los que se han dejado matar por esas....cosas-cosas! ¡Ni eso saben diferenciar tus esclavos! Cosas-hombre dijo...
-¡Me han traicionado indudablemente! ¡Me han dado guerreros sin entrenar-luchar, incapaces!
-Oh, grandiosidades de enorme intelecto. Esas cosas están a punto de entrar en el túnel, los soldados no podrán...- decía el esclavo, pero antes de que terminara la frase Hiik apretó el botón del aparato y la boca del túnel se derrumbó por completo, haciendo que el, ahora oscuro, pasadizo temblara peligrosamente.- Aun habían soldados skaven en el otro lado de...
-¡Calla-calla, estúpido-tonto!- exclamó el ingeniero brujo, lanzando el aparato a la cabeza del esclavo, que ya corría para huir de su furia.- ¡Estaban aquí para protegerme-salvarme!
-Protegernos- le corrigió el caudillo skaven- y vas a ser tu ahora quien explique tu fracaso al consejo de sabios.
-Nuestro-nuestro fracaso- chilló Hiik, erizando el pelaje, a punto de exhalar el almizcle del miedo hasta dejar sus glándulas secas. De repente calló y sonrió con malvada satisfacción.- ¿Chiit, no querías ser famoso, hermanito?
- No, Chiit solo hambre-comida.- el skaven sonrió a la pequeña rata que siempre acariciaba sobre sus brazos, la cogió con dos dedos de la cola y la levantó por encima de su boca, hasta dejarla caer, chillando frenética, directamente en su garganta.
-Entonces hablarás tu, yo no tengo la culpa de que no sepas contar, Ikit.-volvió a insistir Hiik, enfureciéndose de nuevo.
Los tres hermanos se adentraban en el túnel discutiendo cada vez mas acaloradamente, rodeados de una marea de skavens que intentaban poner espacio de por medio para evitar ser el blanco de sus iras.
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Había enanos por todos lados, montones de tapones, por mucho que Gloftang matase y matase seguían apareciendo mas para remplazar a los caídos. Aun así el orco se lo estaba pasando como nunca, golpeaba a diestra y siniestra con sus dos rebanadoras, dejando estelas de sangre tras sus armas, riendo y rugiendo sin prestar atención a nada mas, ni siquiera el echo de que sus muchachoz apenas aguantaban el tipo y él era el único que avanzaba, pero no importaba, tanta inactividad durante tanto tiempo era compensada ahora con esta enorme pelea para sus orcos.
De repente vio a un enano con un hacha que brillaba especialmente cada vez que mataba a uno de sus chicos. Animado, aun mas si cabe, siguió avanzando con la idea de hacerse con esa bonita arma para su colección y ningún enano era capaz de frenarlo, de modo que el kaudillo se aislaba cada vez mas. Pero nada importaba, llegaría hasta su arma y se la quitaría de sus manos muertas. Rugió de nuevo y esta vez el señor enano le vio y, para placer suyo, ordenaba que le dejasen paso hasta él. Como saludo al duelo descargo un poderoso golpe hacia su cabeza que detuvo con el mango del hacha, sin dejarle respirar se dedico sistemáticamente a golpear con ambas rebanadoras con la intención de que se viniera abajo por pura fuerza. El enano apenas podía evitar algún golpe y simplemente los detenía estoicamente, sin poder abrir una brecha en su defensa para atacar. Gloftang reía enloquecido, fijo, con ojos rojos y rabiosos en su rival, avanzando paso a paso con cada ataque, descargo un nuevo golpe con la izquierda hacia el yelmo del enano, que apenas pudo apartar su rival, torpemente con la hoja del hacha. Sintió un dolor lacerante en la muñeca que ignoró, seguía atacando sin sufrir nada mas que esa herida. Finalmente, el enano esquivó, haciéndose a un lado, un golpe que Gloftang descargó un hachazo con el brazo derecho, y atacó con decisión, pero con cierta torpeza, que dio tiempo de sobras al orco para que alzara su brazo izquierdo para detenerlo con su arma, pero, a pesar de eso, el arma descendió, inexorable, hasta hundirse profundamente en el pecho del orco.
Gloftang cayó de rodillas, mirando su pecho destrozado y la mano que descansaba en el suelo, frente a él, cercenada de su brazo izquierdo. El enano extrajo el hacha de golpe, haciendo que el orco cayera finalmente de espaldas, pudiendo ver como su ejercito se venia abajo, finalmente con su muerte. Era una lastima, si sus chicos se hubieran comportado como el hubiera sido distinto y ahora su ejercito iba a desaparecer. Con el ultimo aliento fijó la vista al cielo y vio que Gorko le esperaba y que le tenia preparado una batalla eterna.
Y Gloftang sonrió.
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Tek-teko fue reclamado ante el anciano Slann Mazdamundi. Hacía tan solo unos minutos que el venerable mago sacerdote había despertado de un letargo que había durado años y ahora, por fin, se comunicaba con sus siervos, así era como el chaman eslizón había escuchado su llamada directamente desde el interior de su mente.
La conversación duro poco, lo suficiente como para que, un cansado Mazdamundi, le contara la situación y la misión que debía llevar a cabo. Aunque dormido, el Slann había estado trabajando, buscando incansablemente con sus poderes de videncia un artefacto de los ancestrales, que se había perdido hacía siglos, especialmente poderoso. Por ese motivo había despertado y consumido una enorme cantidad de energía para sacudir la tierra entera y hacer emerger del mar el lugar donde se hallaba enterrado el artefacto.
Tek-teko ordenó inmediatamente que se llevaran a cabo los preparativos para el viaje por mar y seleccionó personalmente la escolta que le acompañaría. No sabía exactamente que encontraría, pero si el maestro Slann fijaba su atención en eso, sin duda sería algo importante y valioso para la eterna guerra contra el caos. Y si era tal y como pensaba también habrían mas interesados en ello.
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Falkreath Asperax, nervioso, observaba el mar, apoyado sobre la cubierta de arca negra. Aun recordaba como, hacía una semana, se hundía un convoy imperial entero que habían estado persiguiendo durante días, ocultos tras una niebla que creaba la propia nave, esperando el mejor momento para atacar a los barcos escolta que rodeaban a los comerciantes que, a pesar de ser mas, no hubieran podido hacer nada ante la potencia de fuego y de personal de su arca. Pero, para desesperación de su capitán, que vio como se hundía todo el convoy por la tormenta, perdiendo su precioso botín en oro y esclavos. Ni siquiera el saber que habían salido indemnes, gracias a la envergadura del barco y a la pericia de los navegantes elfos, podía consolarlo. Saber que debía volver a Naggaroth con las manos vacías, sin nada que ofrecer a su señor le hacía enfurecer al tiempo que se estremecía.
Justo cuando iba a dar la orden de volver a puerto, divisó tres navíos de extraña forma que navegaban por la zona. Rápidamente pidió un catalejo para confirmar sus sospechas, una expedición se hombres lagarto, algo extraño de ver. Aún podría redimirse y conseguir algo sustancioso, los lagartos eran esclavos codiciados y siempre llevaban cantidades ingentes de oro como adornos. Dibujó una ancha sonrisa, afilada y siniestra, al final se alegraría de haber perdido el convoy imperial.
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