lunes, 22 de junio de 2015
Torneo Warhammer. Epílogo
Perlas de sangre carmesí caían de su espada empapada sobre el suelo empedrado, goteando en cada escalón que Stephan ascendía.
Lo que desde fuera parecía la entrada a un templo, su interior daba paso a una estrecha escalera en penumbra, tallada en la piedra de la montaña, que ascendía hasta la cima.
Tras la batalla, su bestia interna se había aplacado y volvía a sentirse tranquilo después de mucho tiempo de vivir inmerso en una ansiedad permanente. No sabia si era porque por fin había saciado su sed de sangre o era por la voz que volvía a escuchar, ahora mas fuerte que antes, insistiendo al llamarle con voz melosa y leves risitas cantarinas para que acudiera a ella. Quizá aquel era su lugar y la dueña de esa voz, lo que había deseado todo aquel tiempo, y lo único que podía terminar con su enfermiza furia.
Lo necesitaba...
Como si fuera un simple instante, embelesado por la voz, Stephan ascendió durante minutos la larga escalera, con la mirada fija en un punto de luz azulada que provenía de lo mas alto y se hacia cada vez mas grande, hasta vislumbrarse como la entrada a una habitación, iluminada solamente por dos antorchas que emitían esa luz fría, y cuyo única decoración era una caja dorada y negra que descansaba sobre un estrecho pedestal.
Aquel era su meta...
Turbado por encontrarse frente algo que no esperaba, Stephan dejo caer la espada al suelo y se acerco al centro de la habitación. La voz seguía susurrándole, contenta, risueña, porque hubiera llegado hasta allí, pidiéndole que abriera la caja de metal para poder ayudarle.
Tan cerca...
El vampiro extendió los brazos lentamente, acercándolos a la caja, escuchando a la voz al tiempo que se preguntaba que seria lo que guardaría en su interior para el. No reconocía los dibujos grabados en ella, ni la escritura dorada, parecía algo muy antiguo y olvidado durante siglos y, sin embargo, en un estado de conservación perfecto.
Casi ha terminado...
Asió la caja con delicadeza, alzándola del pedestal con ambas manos, acercándola para verla con curiosidad. Con el pulgar giró con suavidad el enganche que mantenía la tapa cerrada, que cedió sin ningún esfuerzo. Sintiendo los nervios tensos se dispuso a levantar la tapa, acercando incluso la cara por la expectación del premio. Tantos años por algo tan pequeño...
Vamos...
Finalmente se decidió a abrir la tapa, presionando lentamente.
-¡Si!
En el momento en que un leve resquicio apareció en la caja, Stephan sintió como si hubiera estallado, abriendonse de golpe. Un impacto de luz y energía le golpe directamente en su mente, atravesando sus ojos como fuego, para grabarle, en un simple instante, la imagen extrañamente familiar, de una calavera que reía de forma tenebrosa y cuyas cuencas vacías, ardían con llamas azules.
Stephan cayó de rodillas, aullando por el dolor que le recorría el cuerpo entero y le agarrotaba las extremidades, impidiendo que soltase la caja, pudiera apartarse de ella o, simplemente, coger la espada que yacía a su lado para atravesarse con ella, pero incluso eso estaba demasiado lejos de él.
Sentía las sacudidas de dolor introduciéndose por su boca y sus ojos, como si lo absorbiera de la propia caja, como si fuera un gas que inhalase y se colara por sus orificios faciales sin que pudiera hacer nada para poder evitarlo, y que terminase directamente en su mente, golpeándola con insistencia.
Finalmente, tras lo que parecieron horas, Stephan dejó de gritar, cerró los ojos, la caja resbaló inofensivamente de sus dedos y su cuerpo fue inclinándose poco a poco hacia delante, hasta apoyarse con las manos en el suelo, manteniéndose en precario equilibrio. Poco a poco fue incorporándose, con dificultad, hasta ponerse en pie, en él no había rastro alguno del sufrimiento que había estado soportando instantes antes. Al abrir los ojos, sus pupilas se había dilatado hasta cubrirlos por entero, y convertirlos en dos profundos pozos de oscuridad. Abrió la boca y se escuchó una frase que no había pronunciado, con unos labios que no eran los suyos y con una voz que no era de hombre, ni de mujer, era como si la propia muerte hablara.
- Por fin, después de tanto tiempo soy libre. Ahora la toda la humanidad sufrirá por mi destierro y sentirán la desesperación al escuchar mi nombre. Nagash, el señor de los nigromantes. Esclavizaré toda forma de vida y tu, Stephan, serás mi herramienta de destrucción.
Una carcajada resonó por toda la isla y, aquellos que pudieron escucharla sintieron un presentimiento de muerte y desolación.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario